El pasillo del instituto estaba silencioso, demasiado silencioso, como si todo el edificio contuviera el aliento. Lena avanzaba con pasos medidos, pero el temblor apenas perceptible de sus manos delataba lo que sentía. No quería mirar hacia los costados, no quería ver los muros que la habían visto llorar tantas veces.
Oliver lo notó enseguida. Caminaba a su lado, con las manos en los bolsillos y el gesto relajado que siempre lo caracterizaba, pero su mirada estaba fija en ella. Cada movimiento, cada respiración entrecortada, era suficiente para que entendiera que Lena no estaba bien.
Kerem, unos pasos detrás, caminaba con el porte imponente de siempre, guiado por el brazo que Lena le había ofrecido antes de salir de la oficina. No necesitaba ver para notar la tensión en el aire; el silencio entre ellos era suficiente.
—Estamos cerca —murmuró Lena con voz baja, más para sí que para ellos.
Oliver asintió, aunque ella no lo vio. Siguieron avanzando hasta que, al final del pasillo, las pue