Mientras Kerem decía a los empleados que su madre ya no era bienvenida en su casa, y que despediría a cualquiera que la dejara entrar sin su permiso, Odelia comenzaba a recuperar la consciencia. Sus párpados temblaban, la mente todavía le daba vueltas y un dolor punzante se extendía en su muslo y en uno de sus brazos, recuerdo vivo de las diminutas pero feroces mordidas de los ratones de Lena. Intentó moverse, pero un quejido bajo escapó de su garganta.
El aire en la mansión era tenso, pesado,