El asombro de Celeste al ver a su hijo había sido grande, pero lo que Kerem sintió al reconocerla así superó cualquier sorpresa: la mujer elegante que recordaba se había desvanecido; en su lugar estaba alguien que la vida había quebrado. Su ropa, su gesto, la manera en que las manos le temblaban delante del pecho —todo hablaba de un tiempo insoportable—. Kerem dio un paso adelante, el asombro mutó en alarma, y la calma que había sostenido se quebró en una sola frase.
—¿Qué carajos ocurre? —exig