La mañana comenzó tranquila en la mansión Lancaster. El cielo estaba despejado y los rayos del sol entraban por los ventanales del despacho de Kerem, iluminando los documentos que había sobre el escritorio. Él estaba revisando algunos informes cuando tocaron la puerta.
—Adelante —dijo sin apartar la vista del papel.
Entró Harold, con un sobre en la mano y el rostro serio.
—Señor Lancaster —saludó con un leve movimiento de cabeza—. Fui a la casa de su madre, tal como lo pidió.
Kerem levantó la