Celeste separó los labios, pero nada salió. Cada intento de hablar se rompía antes de alcanzar forma; las palabras se le atoraban como espinas en la garganta. Tragó saliva una y otra vez, buscando aire, buscando valor. Su mirada temblaba entre Kerem y Lena, entre el hijo que la observaba con una mezcla de asco y decepción, y la mujer que había sido víctima de su odio ciego.
El silencio fue largo, tenso, hasta que al fin logró hablar.
—Lo siento —susurró, y la voz le salió ronca, temblorosa—. Le