El despacho privado de los Roux en el hospital no era una oficina, era un búnker de elegancia fría. En las pantallas de la pared, el rostro de Valerius Thorne se repetía en un bucle infinito de infamia. Los titulares de las noticias mundiales no tenían piedad: “El Esposo Traidor”, “El Arquitecto del Tráfico de Omegas”, “La Caída del Director del Registro”.
Rousse estaba de pie frente al ventanal, con una copa de cristal tallado en la mano. El líquido ámbar temblaba, no por su pulso, sino por la