La sede del Registro Nacional de Castas estaba sitiada, no por manifestantes, sino por el silencio sepulcral que solo los hombres de los Dubios sabían imponer. Las luces de emergencia teñían los pasillos de un rojo rítmico, como el latido de un corazón agonizante.
Rousse caminaba por el mármol, y cada paso de sus tacones de aguja resonaba como un disparo. No llevaba armas de fuego. No las necesitaba. Su aroma a sándalo y resina se había transformado en algo denso, asfixiante, una neblina de fero