El pasillo del hospital privado de los Roux se sentía como un túnel de vacío. Nathan Dubios, el hombre que acababa de desmantelar un imperio financiero con una llamada, estaba paralizado ante la puerta de la habitación 402. Sus sentidos de Alfa, usualmente su mayor herramienta, eran ahora su tortura. Podía oler la fragilidad de Larissa, una mezcla de gardenias y el rastro metálico de los supresores que aún abandonaban su sistema.
—¿Rousse?
la voz de Larissa llegó desde el interior, suave, quebr