Amanda despertó con el cuerpo en llamas. No era un calor placentero ni dulce; era una sensación áspera, incómoda, como si cada músculo le reclamara algo que no estaba lista para aceptar. Intentó moverse y un gemido involuntario escapó de sus labios. El dolor fue inmediato, profundo, instalado en lugares que no necesitaban explicación.
Cerró los ojos con fuerza.
Los recuerdos llegaron sin permiso.
Manos firmes.
Una voz ronca, irreconocible.
Órdenes, no caricias.
Jared.
Su respiración se volvió irregular. No necesitaba ver su rostro para sentirlo. Lo recordaba demasiado bien: la manera en que había sido implacable, dominante, ajeno a cualquier fragilidad. No hubo pausas, no hubo cuidado. Solo una necesidad brutal que la había arrastrado consigo, anulando cualquier intento de resistencia después del primer instante.
Se llevó una mano al vientre, tragando saliva.
No iba a llorar.
No iba a permitirse ese lujo.
Se incorporó con lentitud, el cuerpo protestando en silencio. La habitación est