El silencio en el despacho era denso, casi físico. Solo se oía el leve pasar de las hojas mientras Jared Davenport avanzaba por el informe con una precisión quirúrgica. Sus dedos largos sostenían el dossier con firmeza, pero sus ojos azules… esos no eran los mismos de minutos atrás. Se habían oscurecido, afilado, como si cada línea que leía afianzara algo irrevocable en su interior. Amanda permanecía sentada frente a él, con la espalda recta, las manos juntas sobre el regazo. No preguntó nada.