Amanda no se apartó.
Sabía que debía hacerlo. Cada célula racional de su cuerpo se lo gritaba, pero sus pies permanecieron anclados al suelo como si una fuerza invisible los hubiera fijado allí. Jared volvió a tensarse al notarlo, y esta vez su respiración salió más áspera, más rota.
—Te dije que te apartaras —repitió.
Su voz ya no era solo ronca. Era irregular, como si las palabras le costaran más de lo normal. Amanda levantó el mentón, tragando saliva. Sus muñecas seguían atrapadas entre las manos de él, grandes, calientes, firmes.
—Puedo ayudarte —dijo ella, casi en un susurro—. No estás bien. Déjame...
Jared negó lentamente con la cabeza. El gesto fue brusco, como si luchar contra la claridad le doliera.
—No entiendes —murmuró—. Ya no hay ayuda de la forma que tú crees.
Los ojos azules se clavaron en los verdes de Amanda con una intensidad que le heló la sangre. No había cálculo allí. No había estrategia. Solo una pulsión cruda, animal, desatada por algo que él no había elegido.
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