El amanecer había comenzado a colorear el cielo con tonos rosados y dorados, bañando la ciudad con una suavidad que parecía contradecir la intensidad de la noche anterior. La luz se filtraba por la enorme pared de cristal del pent-house, extendiéndose por el suelo de mármol con un brillo cálido. Amanda abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso de un sueño ligero y el eco del susurro de Jared aún adherido a su piel. Se incorporó en la cama con un suspiro contenido, como si temiera que el silencio perfecto de la habitación se rompiera con cualquier movimiento brusco. Sin embargo, nada se rompió. El mundo seguía intacto. Excepto ella.
La noche anterior la había dejado con un ritmo extraño en el pecho, una mezcla peligrosa de orgullo herido y una vulnerabilidad que le enfurecía reconocer. Pero Amanda era disciplinada.
Era fuerte. Era mucho más que esa sensación punzante que Jared había dejado impresa en su oído. Se levantó con suavidad, dejando que sus pies tocaran el suelo frío, y cam