El Ferrari se deslizó por las avenidas parisinas como un animal rojo, elegante y letal, devorando el asfalto con su rugido hasta que El Pent-house lo recibió con su acostumbrado silencio majestuoso. Las luces permanecían apagadas, solo iluminadas por los leves reflejos urbanos que penetraban desde la cristalera panorámica. Jared cerró la puerta con un clic suave, dejando el mundo afuera. Avanzó, acostumbrado a ese silencio que para otros sería incómodo, pero que para él era un lenguaje propio.