Las puertas automáticas de la Empresa Carrasco se abrieron ante Amanda con un susurro suave. El aire acondicionado golpeó su rostro y un aroma mezclado de café recién hecho y papel nuevo la envolvió de inmediato. Era un olor familiar... un olor que siempre la había hecho sentir en casa. Pero hoy ese aroma tenía un matiz extraño. Algo dentro de ella sabía que no debía estar allí. Algo, muy en el fondo, ya temblaba antes de que ocurriera. Amanda avanzó por los pasillos con paso seguro, aunque cada sonido de sus tacones resonaba demasiado fuerte en sus propios oídos. Algunos empleados la saludaron con un respeto automático, casi como si no supieran dónde mirar. Había miradas furtivas... miradas incómodas... y otras que simplemente bajaban la vista cuando ella pasaba.
Ese detalle le perforó el pecho. Algo había cambiado. Lo sentía. Se mantuvo firme. Respiró. Y avanzó. Llegó hasta el último pasillo, el que conducía a la gran oficina que durante años había sido un símbolo de su familia, su