Helen no lo pensó dos veces antes de entrar en la habitación. La tormenta rugiendo afuera era un recordatorio cruel del pasado, un detonante que le apretaba el pecho como un puño invisible.
Y Ethan… Él era su ancla, aunque no quisiera admitirlo.
Cuando él se giró hacia ella, con las cejas fruncidas por la preocupación, el corazón de Helen se saltó un latido.
—¿Helen? —su voz sonó baja, cargada de curiosidad—. ¿Qué pasa?
Otro trueno desgarró el cielo, iluminando la habitación por un breve instante. Helen se encogió de forma instintiva, mientras Ethan arqueaba una ceja, con una sonrisa ladeada jugando en sus labios.
—Oh… no me digas que mi esposa le tiene miedo a los truenos.
Helen bufó, cruzándose de brazos y fingiendo indiferencia.
—¡No tengo miedo! Solo… pensé que te gustaría tener compañía.
—Claro que sí. —Ethan sonrió, dando unas palmaditas al colchón a su lado—. Entonces ven a hacerme compañía.
Helen se mordió el labio, dudando. ¿De verdad iba a hacer eso? Pero otro trueno sacudi