Helen no lo pensó dos veces antes de entrar en la habitación. La tormenta rugiendo afuera era un recordatorio cruel del pasado, un detonante que le apretaba el pecho como un puño invisible.
Y Ethan… Él era su ancla, aunque no quisiera admitirlo.
Cuando él se giró hacia ella, con las cejas fruncidas por la preocupación, el corazón de Helen se saltó un latido.
—¿Helen? —su voz sonó baja, cargada de curiosidad—. ¿Qué pasa?
Otro trueno desgarró el cielo, iluminando la habitación por un breve insta