La luz suave de la mañana invadía la cocina como una invitación a la calma, pero el cuerpo de Helen no parecía haber recibido ese memorando. Entre la tetera en el fuego y la cuchara hundida en el azúcar, intentaba ignorar el hormigueo constante bajo la piel. Desde que Ethan había empezado a caminar por la casa con ese paso perezoso —con yeso o sin él— vivía en un estado de combustión interna. Un toque y se derretía. Una mirada y le fallaba la respiración. Era como convivir con un orgasmo en la