El cielo del final de la tarde estaba cubierto por nubes pesadas, tan grises como el alma de Miranda. Dentro del coche estacionado al otro lado de la calle, observaba la entrada principal del edificio empresarial con ojos fijos y salvajes. Sus dedos tamborilean el volante con impaciencia. La radio y el aire acondicionado estaban apagados, y el silencio, casi absoluto, solo era interrumpido por la respiración irregular que escapaba de sus labios entreabiertos.
Fue entonces cuando los vio.
La pue