La habitación de Orlando olía a enfermedad. No era el olor a medicamentos o a alcohol, sino algo más profundo, más visceral. Era el olor de un cuerpo que se apaga lentamente, de una vida que se escurre entre los dedos como agua. Las cortinas estaban cerradas, pero la luz del atardecer se filtraba por las rendijas, pintando rayas doradas en el suelo de madera envejecida. Cada rayo de luz parecía una herida en la penumbra. Cada partícula de polvo que flotaba en el aire era un recuerdo de lo que a