El auto descendía por la carretera de la montaña con las luces del observatorio quedándose atrás, pequeñas como una estrella más en la oscuridad. Luisa iba callada, con la cabeza apoyada en la ventana, mirando cómo los árboles pasaban como sombras alargadas. No estaba enojada. No estaba triste. Estaba pensando. Pensando en las palabras de él. En cómo las destruía todo.
Erick manejaba en silencio, con los nudillos blancos sobre el volante. Sentía el peso de las palabras de ella aún frescas en su