El sol de la tarde comenzaba a inclinarse cuando los señores Benedetti se pusieron de pie. La visita había sido larga, intensa, llena de sonrisas fingidas y miradas cómplices que no significaban nada. Orlando estiró los brazos y miró su reloj de bolsillo, ese que nunca dejaba en casa.
—Ya es hora de irnos —dijo, con su voz grave que siempre sonaba a sentencia—. Nos alegra saber que están bien.
La señora Benedetti se acercó a Luisa y le tomó las manos con una ternura que la descolocó.
—Queríamos