El desayuno había terminado entre risas fingidas y miradas cómplices que nadie entendía del todo. La señora Benedetti recogió los platos con ayuda de Luisa, mientras los hombres se quedaron en la mesa, hablando de negocios en voz baja. El sol ya había subido del todo y entraba por los ventanales del comedor, pintando todo de dorado.
—Bueno, Erick —dijo Orlando, limpiándose los labios con la servilleta—. ¿Qué tal si me muestras los documentos de la fusión con la empresa brasileña? He estado revi