Luisa dejó de resistir.
No fue una decisión consciente. Fue el cuerpo. Fue la necesidad. Fueron dos años de vacío, de noches solitarias, de deseo negado. Dos años en los que solo habían estado juntos una vez.
Las manos de Erikc recorrían su cuerpo como si la descubrieran por primera vez. Ya no había brusquedad. Ya no había castigo. Había hambre. Una hambre que él mismo no entendía, que lo devoraba por dentro.
Luisa sintió que su cuerpo la traicionaba.
Un gemido escapó de sus labios, y entonces