El portazo de la entrada anunció su llegada. Luisa entró a la mansión con el paso firme, el bolso colgando del hombro y la cabeza en alto. La noche se había encargado de peinar su cabello con ondas sueltas, y sus labios... sus labios brillaban con ese rojo intenso que él había prohibido.
Erick estaba bajando las escaleras cuando la vio. Se detuvo a medio camino, con una mano en el pasamanos y la otra apretada en un puño. La luz de la araña caía sobre ella como un reflector, y él no podía aparta