El almuerzo había terminado, pero Luisa no quería levantarse de la mesa. La luz de la tarde entraba por la ventana del restaurante, pintando de dorado los manteles y las copas vacías. Damián pidió la cuenta mientras ella miraba el paisaje con una expresión que él ya conocía. Era la misma que ponía cuando su mente viajaba a lugares lejanos, cuando los recuerdos la visitaban sin avisar.
—Luisa —dijo él, dejando la tarjeta sobre la bandeja que el mesero le trajo—. ¿Te pasa algo?
Ella parpadeó, vol