La puerta de la mansión se abrió sin que nadie tocara. Marta, la empleada, ya estaba avisada. Annie entró como si el lugar le perteneciera, con su bolso de diseñador colgando del hombro y una expresión de fastidio mal disimulado.
—¿Dónde está? —preguntó, sin siquiera mirar a la empleada.
—En su habitación, señorita Annie. Tiene fiebre.
Annie suspiró con teatralidad y subió las escaleras sin apuro. Cada paso era un peso, cada escalón una obligación. No quería estar allí. Prefería mil veces estar