La noche ya había caído cuando el auto de Damián se detuvo frente a la mansión. Luisa bajó despacio, aún riendo por algo que habían hablado en el camino. Sus tacones repicaron en el pavimento mientras se despedía con un gesto de mano.
—¿Segura que no quieres que te lleve hasta la puerta? —preguntó Damián desde la ventanilla.
—Estoy bien —respondió ella, sonriendo—. Ya es tarde. Descansa.
—Tú también. Y mañana... prepárate para otro día de triunfos.
—Lo espero.
El auto se alejó. Luisa entró a la