Los días pasaron como una procesión interminable en la mansión de los Benedetti. Las horas se alargaban, se estiraban como chicles pegajosos, se adherían a la piel de Luisa como un recordatorio constante de la traición que había sufrido. Afuera, el sol seguía saliendo y escondiéndose indiferente a su dolor. Adentro, el tiempo se había detenido.
Luisa llevaba tres días sin salir de su habitación. No encerrada, no hundida en la cama como al principio. Se levantaba temprano, se duchaba, se vestía.