La luz de la mañana se filtraba por las rendijas de las cortinas de la habitación de Luisa, pero ella no podía verla. No quería verla. Prefería la oscuridad. Prefería la penumbra. Prefería cualquier cosa que no le recordara que afuera el mundo seguía girando, indiferente a su dolor.
Llevaba horas así. Acostada de lado, con las rodillas pegadas al pecho, los brazos abrazando la almohada que ya estaba empapada de lágrimas. No había dormido. No había comido. No había hecho nada más que llorar y re