La noche había caído sobre la ciudad como una losa de cemento, pesada y fría. Luisa dormía profundamente en la mansión de los Benedetti, agotada por días de insomnio y noches de llanto. Su respiración era acompasada, casi imperceptible. El libro que había intentado leer seguía abierto sobre su pecho, con las páginas arrugadas por el roce de sus dedos. La taza de té que Erick le había preparado horas antes seguía sobre la mesita, fría, olvidada.
Erick la observaba desde la puerta de la sala. No