La luz de la mañana se filtró por las cortinas de la habitación como un ladrón silencioso, pintando rayas doradas en las sábanas revueltas. Luisa abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso de un brazo alrededor de su cintura. El calor de un cuerpo pegando a su espalda. La respiración acompasada de él, justo detrás de su nuca.
Erick seguía allí.
No había huido. No se había ido. Se había quedado.
Ella sonrió. Una sonrisa pequeña, frágil, pero real. Se giró con cuidado para no despertarlo. Lo mi