El ruido blanco del hospital era lo único que llenaba el silencio de la habitación. El pitido constante del monitor cardíaco, el zumbido de los aires acondicionados, el eco de pasos apresurados en el pasillo. Olía a alcohol, a medicamentos, a algo que no podía nombrar pero que reconocía como el olor de la espera. Luisa estaba sentada junto a la cama de su padre, con las manos entrelazadas sobre el regazo, los dedos fríos, los ojos fijos en el rostro pálido de Orlando.
Había pasado horas así. De