La noche había caído sobre la mansión como un manto de terciopelo oscuro, pesado y silencioso, como si el cielo mismo se hubiera cubierto de luto por todo lo que Luisa había perdido. Las estrellas apenas se veían, ocultas tras una capa de nubes grises que se movían lentas, indiferentes. El viento soplaba con fuerza, moviendo las ramas de los árboles del jardín, haciendo crujir las ventanas antiguas de la mansión. Adentro, el silencio era absoluto. Solo se escuchaba el tic-tac del reloj en el pa