La sala de juntas estaba en silencio. No el silencio tenso de otras veces, sino el silencio pesado de una derrota que nadie quería admitir. Los socios estaban sentados alrededor de la mesa de caoba, algunos con los brazos cruzados, otros mirando sus teléfonos, ninguno queriendo mirarse a los ojos. Las cortinas estaban entreabiertas, dejando pasar la luz gris de una mañana nublada que parecía reflejar el estado de ánimo de todos los presentes.
Luisa entró acompañada de Damián. Ella llevaba el co