La noche cayó sobre la ciudad como un manto de terciopelo oscuro, salpicado por las luces de los edificios y los faroles de las calles. El cielo estaba despejado, y las estrellas brillaban con una intensidad que parecía irreal. Luisa estaba en su oficina, mirando por la ventana, con una sonrisa que no se borraba de sus labios. La reunión había sido un éxito. Damián había logrado lo imposible: convencer a los socios, e incluso a Sandra, de que su plan era el correcto. La empresa de su madre esta