La noche había llegado con una suavidad que prometía paz.
La señora Isabel se despidió con un abrazo largo y cálido, de esos que dejan el corazón lleno. Ana la acompañó hasta la puerta, con los mellizos dormidos en sus cunas y Nicolás acomodando la sala después de la cena.
—Gracias, señora Isabel —dijo Ana, con sinceridad—. No sabe cuánto significó su ayuda hoy. De verdad.
—Mija, cuando quieras —respondió Isabel, tomándole las manos con ternura—. Tú sabes que yo estoy aquí para lo que necesites