Los padres de Nicolás se habían ido con el rostro desencajado, la señora Valenzuela prometiendo hablar con Sofía, el señor Valenzuela en silencio, procesando lo que había visto. Los mellizos finalmente se habían dormido, agotados por el llanto y la tensión.
Ana estaba sentada en el sofá, con las manos en el regazo, la mirada perdida. Elena dormía en su cuna, Nicolás también. El apartamento estaba en silencio, pero su mente era un torbellino.
Nicolás salió de la cocina con dos tazas de té. Le te