Tres meses habían pasado desde aquella noche en la mansión Gravenhorst.
Tres meses de silencio. Tres meses de distancia. Tres meses en que Ana no había vuelto a poner un pie en la mansión ni había tenido contacto con los Gravenhorst, salvo las llamadas de Isabel preguntando por sus nietos, llamadas que Ana siempre contestaba con la puerta abierta pero los límites claros.
Los mellizos habían crecido. El pequeño Nicolás ya sostenía la cabeza con una firmeza que sorprendía a todos, y la pequeña El