La puerta de la mansión Gravenhorst se cerró con un eco que resonó en el enorme vestíbulo como un disparo.
Ana caminó hacia el auto con paso firme, empujando el carrito doble donde los mellizos dormían plácidamente, ajenos al terremoto emocional que acababan de dejar atrás. Nicolás caminaba a su lado, con la mandíbula tensa, listo para protegerla de cualquier cosa.
—¡Ana! —la voz de Cristóbal resonó detrás de ellas, desgarrada, rota—. ¡Ana, espera! ¡Por favor, no te vayas!
Ella no se detuvo. Si