Habían pasado tres días. El teléfono de Ana vibró sobre la mesa de la sala mientras ella daba el biberón a Elena. El pequeño Nicolás dormía en su cuna, agotado después de una mañana de juegos con su tío Nicolás.
Miró la pantalla. Cristóbal.
—¿Diga?
—¿Estás lista? —la voz de él sonó diferente. No era la voz fría de siempre. Había algo nuevo en ella. Algo que ella no sabía nombrar.
—¿Lista para qué?
—Para salir. Voy a pasar por ustedes. Vístete cómoda. Y a los niños también.
—¿Cómo así que vamos