El salón de la mansión Gravenhorst aún vibraba con la emoción del anuncio.
Los invitados aplaudían, la orquesta tocaba, las copas de champán brillaban bajo las arañas de cristal. El abuelo Gravenhorst sonreía desde su trono, con los ojos húmedos, mirando a los mellizos como si fueran el tesoro más preciado que hubiera visto en su vida.
Cristóbal, a unos pasos, miraba a Ana con una mezcla de esperanza y temor. Sus manos, a los costados, temblaban ligeramente. La mandíbula, tensa. El corazón, des