El salón estaba en completo silencio. Los invitados, los más poderosos del país, observaban la escena como si fuera una obra de teatro. Pero esto era real. Demasiado real.
Marcos, con el rostro desencajado por la rabia, dio un paso al frente. Su hijo lloraba en brazos de su esposa, pero él no parecía notarlo.
—¡Abuelo, no le crea! —gritó, señalando a Ana con dedo acusador—. ¡Esta mujer es una prostituta! ¡Todos lo saben! ¡Ha estado con decenas de hombres! ¡Cualquiera puede ser el padre de esos