El auto de Nicolás frenó en seco frente a la entrada de emergencias del hospital.
No esperó a estacionar correctamente. No le importó la multa. Salió disparado, dejando las llaves puestas y la puerta abierta, mientras corría hacia la entrada como si su vida dependiera de ello.
—¡Señor! ¡Señor, no puede dejar el auto ahí! —gritó un vigilante.
—¡Que se lleve el auto! —respondió sin detenerse.
Atravesó las puertas automáticas y se encontró con el caos controlado de un hospital: enfermeras que iban