Ana había escuchado el llanto de su bebé. Había sentido cómo lo sacaban de su cuerpo, cómo el peso desaparecía, cómo una enfermera lo limpiaba y lo envolvía en una suave manta. Había visto su carita morena, sus ojitos cerrados, su diminuta mano agitándose en el aire.
Y había sonreído.
Pero el dolor no se detuvo.
—¿Doctor? —la voz de Ana salió débil, confundida—. ¿Por qué me sigue doliendo?
El médico, que ya se disponía a revisar al recién nacido, frunció el ceño. Se acercó a la camilla y colocó