Dos días habían pasado desde que Sofía ingresó al hospital. Dos días de exámenes, de análisis, de médicos que entraban y salían de su habitación con frases vagas y expresiones serias. No encontraban la causa del dolor en su herida. No había infección. No había complicación aparente. Pero ella seguía quejándose, seguía fingiendo, seguía ganando tiempo.
—Los exámenes no muestran nada anormal —dijo el médico, frente a la señora Valenzuela y Nicolás, en el pasillo del hospital—. Pero como la pacien