Los días siguientes fueron un torbellino de acusaciones y revelaciones.
Agustín no paraba de hablar. Cada mañana, un nuevo periódico publicaba una entrevista suya, cada tarde, un programa de televisión emitía una nueva declaración. Contaba historias que mezclaban verdad con mentiras, hechos con invenciones. Hablaba de las noches en los hoteles, de los hombres que pagaban por Ana, del dinero que ella le había robado. Lloraba, gesticulaba, señalaba con el dedo hacia la cámara.
—Ella tiene todo —d