La noche había caído por completo sobre la ciudad cuando la cena de despedida llegó a su fin.
Los padres de Nicolás se despidieron con abrazos largos y promesas de volver pronto. La señora Valenzuela besó a los mellizos una y otra vez, como si quisiera guardar su olor para el viaje. El señor Valenzuela, más reservado, se limitó a acariciar sus cabezas con una ternura que contrastaba con su habitual seriedad.
—Los vamos a extrañar —dijo, mirando a Ana—. A todos.
—Nosotros también —respondió ella