La mañana del viaje amaneció gris, con un cielo cubierto de nubes que amenazaban lluvia. Ana se levantó temprano, mucho antes de que los mellizos despertaran, y pasó largo rato frente al espejo. No sabía por qué se arreglaba tanto para una despedida en el aeropuerto, pero había algo en sus manos que no podía controlar, algo que la hacía peinarse con cuidado, elegir un vestido que no hubiera usado antes, perfumarse con ese aroma que a Cristóbal le gustaba.
En la sala, Nicolás la esperaba con los