En el estudio de la estancia, Florencio y Platina estaban hipnotizados, prisioneros de la imagen en la pantalla. El mundo exterior se había desvanecido. Solo existía la voz de Elio, una voz de barítono, culta y resonante, que tejía una historia de horror con la calma de un profesor de historia.
—Mi padre y Leonardo Lombardi eran dos caras de la misma ambición —decía Elio al periodista, que lo escuchaba fascinado, sin atreverse a interrumpir—. Uno buscaba la perfección científica. El otro, el poder absoluto. Juntos, en el Proyecto Sombra, desataron un infierno. Crearon seres que nunca debieron existir. Seres como yo. Y como la pobre Selene Maris.La mención del nombre de Selene fue una puñalada en el pecho de Florencio.—Su madre, Elena, fue la víctima definitiva de esta locura —continuó Elio, sus ojos ambarinos transmitiendo una