056. La Calma de los Depredadores Saciados
El silencio que siguió al clímax no fue incómodo. Era un silencio de agotamiento, de tregua. El silencio de dos ejércitos que se retiran a sus trincheras después de una batalla sangrienta, dejando el campo cubierto de los despojos de la contienda. El aire en la habitación era espeso, cargado con el olor íntimo y primario de sus cuerpos: sudor, sexo y el rastro metálico de la sangre de Florencio, una nota de sabor que aún perduraba en la boca de Selene.
Él se había apartado de ella, rodando haci