La nota indicaba una dirección distinta esta vez, una villa ubicada en las afueras de la ciudad, rodeada de altos cipreses y muros que garantizaban privacidad absoluta. Elena, vestida con un vestido negro de terciopelo que rozaba sus muslos y se ajustaba a su figura como una segunda piel, respiró hondo frente a las puertas de hierro forjado. Había un temblor en su estómago que no tenía que ver solo con nervios; la emoción de lo desconocido la invadía, la encendía.
El mayordomo no dijo una palab